Archivo: .ZIP | Tamaño: 2MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Otras Creaciones - Literatura
Aquella mañana vi salir el sol mientras volvía a casa. Odio el amanecer. Significa que me he pasado con el horario y he trabajado toda la puta noche. San Luis tiene más árboles en los márgenes de las carreteras que ninguna otra ciudad por la que haya conducido. Casi estaba dispuesta a reconocer que, bañados por los primeros rayos del alba, los árboles eran bonitos. Casi. Mi piso tiene siempre un aspecto tan luminoso y alegre al sol de la mañana que resulta deprimente. Las paredes son del mismo color de helado de vainilla que las de cualquier otro piso que haya visto. La moqueta es de un gris pasable, muchísimo mejor que la típica marrón caca de perro.
Es un piso espacioso, con un dormitorio. Tiene vistas al parque de al lado, dicen, pero es como si tuviera vistas a Marte. Por mí, no harían falta ventanas; me las apaño con unas cortinas tupidas que convierten el día más luminoso en una agradable penumbra.
Encendí la radio para ahogar el ruido de mis vecinos de hábitos diurnos. El sueño se apoderó de mí con la suave música de Chopin. Y muy poco después sonó el teléfono. Me quedé tumbada un instante, odiándome por no haber conectado el contestador. Si no hacía caso, con un poco de suerte... Al quinto timbrazo me di por vencida.
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Bianca: Noches de Satén
Archivo: PDF | Tamaño: 7 MBytes | Idioma: Spanish | Categoría: Narración_novelas
INFORME - RESUMEN
INFORME - RESUMEN
—¿Crees que puedo ver la parte de arriba?
—¿La parte de arriba? —Joe contuvo el aliento.
—A menos que molestemos a alguien. Antes has mencionado… Ramón, ¿no?
—Ramón y su esposa, María, se ocupan de la casa, pero tienen su propia casa independiente.
—¿Entonces puedo subir arriba?
—Si eso es lo que quieres —respondió él, tragando saliva.
—Umm, seis —respondió por fin tratando de pensar en algo que no fuera el recuerdo de su boca al besarla—. Daisy y tú podéis elegir las dos que queráis.
—A menos que molestemos a alguien. Antes has mencionado… Ramón, ¿no?
—Ramón y su esposa, María, se ocupan de la casa, pero tienen su propia casa independiente.
—¿Entonces puedo subir arriba?
—Si eso es lo que quieres —respondió él, tragando saliva.
—Sí —Rachel estaba sorprendida de su temeridad—. ¿Cuántos dormitorios hay? —preguntó empezando a subir por la escalera de mármol.
Las piernas delgadas y largas se movían sensualmente ante los ojos de Joe, y éste supo que tenía que seguirla. Era lo que ella esperaba, pero, maldita sea, ¿qué estaba pasando? Tenía la inquietante sensación de que había perdido el control de la situación.
Rachel se detuvo y lo miró desde su altura, y entonces Joe se acordó de que estaba esperando su respuesta. —Umm, seis —respondió por fin tratando de pensar en algo que no fuera el recuerdo de su boca al besarla—. Daisy y tú podéis elegir las dos que queráis.
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Los labios de Rachel se entreabrieron y Joe le metió la lengua en la boca con urgencia, besándola con un ardor que hasta a él mismo le sorprendió. Cada vez le costaba más reprimir el deseo de frotar su erección contra ella, pero si lo hacía, ella sabría al instante lo excitado que estaba.
Rachel alzó una mano y acarició con los dedos la mandíbula fuerte, buscando después el sensible hueco de la oreja. Deslizó la mano por la nuca y tiró de él. A pesar de todas sus buenas intenciones, Joe no pudo mantenerse a distancia.
Y acariciarla significaba dar paso a todas las emociones que lo empujaban. El cuerpo suave bajo el suyo era todo lo que había imaginado y más. Tenía que reconocer que nunca había deseado tanto a una mujer como deseaba a Rachel en aquel momento. Sentir los senos femeninos apretados bajo su pecho y tener la pierna
metida entre los muslos de ella lo estaban volviendo loco. Acarició con la boca desde los labios a la garganta y deslizó la mano bajo la ropa, sintiendo la piel cálida de la cintura. La piel de Rachel era como de seda, pero eso ya lo sabía. No era la primera vez que la tocaba.
Buscó otra vez la boca femenina con la suya y esa vez la lengua de Rachel lo buscó a su vez y se entrelazó con la suya. El beso se hizo más intenso, más apasionado, y entre sus piernas, la erección que llevaba una hora tratando de ignorar, exigía satisfacción. Tampoco servía de mucha ayuda que Rachel se arqueara hacia él y la frotara con la cadera.


